Carne, cuerpo, deseo.

Si, según la medicina, yo no tenía ningún problema médico, ¿qué línea habían pasado mis kilos? Si mi cuerpo estaba sano, ¿por qué me felicitaban por odiarlo y querer amoldarlo a una forma que no le era natural? Como esas, hubo decenas de preguntas sanas que no me hice; en ese momento, yo tenía dieciséis años y lo único que quería era poder intercambiar los jeans Kosiuko talle 22 que se probaban mis amigas antes de ir a bailar.  

Quemando cana

El punto es que en mi casa, o en la casa de mis padres, mirarse en el espejo del ascensor era todo un reto: la luz blanca incandescente solo podía equiparar su crueldad con la luz de los baños de McDonald’s o de los probadores de ropa de Pull and Bear. Era ese tipo de luz que marca los granos, los puntos negros, los poros abiertos y cualquier tipo de imperfección que la piel tuviese. Los segundos que duraba aquel trayecto de ascensor eran un buen momento para apretar un nuevo grano o descubrir algo más que no me gustara de mi cara...

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