La cagada del desarrollo

Fue un 17 de febrero. Domingo, 17 de febrero, para ser más precisa. La fecha y todos los acontecimientos que circundaron mi primera menstruación me quedaron grabados, como pocas cosas lo han hecho. Tal impronta en la memoria me hace preguntarme qué de todo el asunto —de sangrar, de mancharme, de la vergüenza y la humillación— hizo que la experiencia de la sangre se volviese un hito tan definitivo en la narrativa que construí de mí misma: por alguna razón, mi inconsciente se agarra de aquella anécdota con muchísima fuerza; tal vez tenga que ver con que, cuando sucedió, yo creía que menstruar me convertiría en mujer y que mujer era lo que estaba destinada a ser. La sangre, finalmente, comprobaba que mi devenir había llegado.

Carne, cuerpo, deseo.

Si, según la medicina, yo no tenía ningún problema médico, ¿qué línea habían pasado mis kilos? Si mi cuerpo estaba sano, ¿por qué me felicitaban por odiarlo y querer amoldarlo a una forma que no le era natural? Como esas, hubo decenas de preguntas sanas que no me hice; en ese momento, yo tenía dieciséis años y lo único que quería era poder intercambiar los jeans Kosiuko talle 22 que se probaban mis amigas antes de ir a bailar.  

Los humanos del coronavirus -reflexiones desde un purgatorio migrante

¿Cómo tomar la decisión correcta? ¿Cómo medir la magnitud real de lo que estaba ocurriendo? ¿Cómo saber qué parte era información, qué parte manipulación y qué parte terror inducido adrede, con motivos ulteriores? ¿Qué parte era sentido de preservación y qué parte histeria colectiva? 
Sentí una pérdida cuasi total de poder. Un poder que...

Quemando cana

El punto es que en mi casa, o en la casa de mis padres, mirarse en el espejo del ascensor era todo un reto: la luz blanca incandescente solo podía equiparar su crueldad con la luz de los baños de McDonald’s o de los probadores de ropa de Pull and Bear. Era ese tipo de luz que marca los granos, los puntos negros, los poros abiertos y cualquier tipo de imperfección que la piel tuviese. Los segundos que duraba aquel trayecto de ascensor eran un buen momento para apretar un nuevo grano o descubrir algo más que no me gustara de mi cara...

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