La cagada del desarrollo

Fue un 17 de febrero. Domingo, 17 de febrero, para ser más precisa. La fecha y todos los acontecimientos que circundaron mi primera menstruación me quedaron grabados, como pocas cosas lo han hecho. Tal impronta en la memoria me hace preguntarme qué de todo el asunto —de sangrar, de mancharme, de la vergüenza y la humillación— hizo que la experiencia de la sangre se volviese un hito tan definitivo en la narrativa que construí de mí misma: por alguna razón, mi inconsciente se agarra de aquella anécdota con muchísima fuerza; tal vez tenga que ver con que, cuando sucedió, yo creía que menstruar me convertiría en mujer y que mujer era lo que estaba destinada a ser. La sangre, finalmente, comprobaba que mi devenir había llegado.

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