Carne, cuerpo, deseo.

Si, según la medicina, yo no tenía ningún problema médico, ¿qué línea habían pasado mis kilos? Si mi cuerpo estaba sano, ¿por qué me felicitaban por odiarlo y querer amoldarlo a una forma que no le era natural? Como esas, hubo decenas de preguntas sanas que no me hice; en ese momento, yo tenía dieciséis años y lo único que quería era poder intercambiar los jeans Kosiuko talle 22 que se probaban mis amigas antes de ir a bailar.  

Quemando cana

El punto es que en mi casa, o en la casa de mis padres, mirarse en el espejo del ascensor era todo un reto: la luz blanca incandescente solo podía equiparar su crueldad con la luz de los baños de McDonald’s o de los probadores de ropa de Pull and Bear. Era ese tipo de luz que marca los granos, los puntos negros, los poros abiertos y cualquier tipo de imperfección que la piel tuviese. Los segundos que duraba aquel trayecto de ascensor eran un buen momento para apretar un nuevo grano o descubrir algo más que no me gustara de mi cara...

Propuestas y tríos

Como un impulso, instantáneamente me sentí ofendida; asociando, de manera cuasi irracional, su propuesta de trío con una falta de respeto o de interés genuino hacia mí. Luego de unos segundos, intenté redireccionar mi cabeza. Lentamente, empezaron a llegar las teorías...

Ibiza, cumbia y talleres de género

De repente, todo el estudio, los cuestionamientos, los textos, las charlas, las parejas fallidas, las partidas al medio, las drogas, las decepciones románticas y amistosas, las frustraciones, la inadaptación socioeconómica; todo podía ser puesto en marcha para crear más aprendizaje, en los otros y en mí.

Un fallo del sistema

Que le hablara tan abiertamente, sin pruritos, sobre las fotos en bolas que guardaba en mi teléfono le parecía entretenido, simpático, incluso provocador. Pero también había un dejo de incomodidad en su postura corporal y su sonrisa, como si admitir abiertamente que tenía fotos en pelotas -y encima sin los reparos de seguridad correspondientes-, formara parte de lo que no debía decirse, de lo no femenino, de lo guarro.

Tío Rober

Me percataba de la manera ridícula en la que convertía todo en amorosidad y me hubiera dado vergüenza comentarle a alguien mis pensamientos, sobre todo, siendo yo, tal como me jactaba, tan rupturista, tan liberal, tan feminista.

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