Carne, cuerpo, deseo.

1998

A los nueve años me empezó a doler el codo izquierdo. Me dolía mucho y todo el tiempo; cuando flexionaba el brazo, cuando me movía, cuando estaba quieta, cuando respiraba. Era raro, porque yo era una chiquilina sana. No tenía ningún problema de salud, hacía deporte cuatro veces por semana y tenía una alimentación, a todas luces, saludable. Pero el dolor de codo no se iba y yo me quejaba; además, era zurda y me costaba escribir, entonces mis padres resolvieron llevarme al médico.

El doctor me tomó la presión, me midió y me hizo algunas preguntas sobre la escuela, el deporte y las actividades extracurriculares. Me hablaba directamente a mí, como para hacerme sentir que ya era grande y podía dar respuestas fidedignas a sus inquisiciones; sin embargo, cada vez que yo contestaba, miraba a mis padres, con una risa complaciente, que acompañaba el tono de voz fingido y condescendiente con el que me trataba. El doctor me causaba rechazo. Le brillaba la piel y su aliento tenía olor a cigarrillo.

En ese entonces, mis actividades extracurriculares eran taller de pintura y escultura, escuela de teatro y academia de baile. El doctor dijo que el codo tal vez me dolía por algún mal movimiento hecho en una de mis tantas actividades, pero yo le dije que no, que no había hecho nada distinto ni me había lastimado. Que el dolor simplemente empezó, de la nada. Él me dijo que nada empezaba de la nada. Yo le expliqué que esto sí, que no me había lastimado, que tenía muy buena memoria. Se lo dije como tres veces, abriendo los ojos bien grandes y mirando a mis padres y al doctor, al doctor y a mis padres, mientras lo decía. A pesar de que estaba casi seguro de haber encontrado el motivo del dolor de codo, que seguro era pasajero y se iba a ir solo, debido a mi insistencia, el doctor decidió hacer un análisis de sangre, para quedarnos más tranquilos, dijo.

Unos días después, llegaron los resultados y, para sorpresa de todos, en especial del doctor, tenía hiperuricemia, que es, básicamente, tener el ácido úrico alto en la sangre, principal causa de gota, un tipo de artritis muy dolorosa.

Así que yo era una nena de nueve años con un valor de sangre que indicaba artritis. Resultado en mano, el doctor cambió el foco de las preguntas y, en vez de preguntar sobre las actividades, ahora preguntaba sobre la alimentación. 

En casa, por lo que yo sabía, comíamos sano. Mis padres no compraban nada hecho y mi madre tenía varias reglas respecto a la comida, para que crezcamos bien, decía. Nos hacía comer puré de colores, en vez de puré de papas, porque el puré de colores tenía zanahoria, que era buena para la vista, y zapallo, que era bueno para todo; no comíamos fritos, salvo unas milanesas el fin de semana, porque la fritanga dejaba la casa llena de olor y nos tapaba las arterias; no se compraba comida congelada, porque el hielo le sacaba los nutrientes; no compraban galletitas dulces, alfajores ni golosinas, puras porquerías, decía mamá, y, como merienda para la escuela, solo me dejaban llevar frutas, sobre todo manzana, mandarina y banana, que eran fáciles de pelar. 

El doctor preguntó por la carne. Si bien dijo carne, a secas, todos entendimos que se refería a las carnes rojas, las de vaca. Yo empecé a contestar, pero el doctor no me miraba; la conversación ya no era conmigo. Ahora, recostado sobre su asiento de cuero negro, haciendo palanca con la rodilla en el borde del escritorio, miraba a mi madre. Desde que supo lo del ácido úrico alto, le hablaba a mi madre, como si los análisis de sangre me hubieran quitado cualquier atisbo de madurez que fingía atribuirme y como si cualquier asunto que tuviera que ver con la cocina y el cuidado, refiriera, indefectiblemente, a mamá. Sin embargo, lo cierto era que, en casa, mi padre cocinaba más. Mamá ni se mosqueó y le siguió el juego. Me di cuenta de que a ella también le causaba rechazo el doctor. Sí, carne, sí, dijo. Churrascos, principalmente. Pero hechos en la parrillita eléctrica, nada de fritos. ¿Con qué frecuencia?, preguntó el doctor. Mmm… casi todos los días, en la cena. Por lo general, cenamos carne con ensalada, carne con arroz integral, carne con puré de zapallo. Los acompañamientos son muy variados, pero siempre comen verduras, dijo mi madre. 

Señora, dijo el doctor con tono acusatorio, ese es el motivo por el cual a su hija le duele el codo. Demasiada carne. Tiene el ácido úrico por las nubes para una nena de nueve años y, por lo que me dicen, la carne es la causante de este pico. Les recomiendo un cambio de dieta. Si hasta ahora, diez comidas a la semana eran carne, bajen la cantidad a cinco. Incluyan más pollo, más pescado. Sobre todo, pescado, que es sanísimo. 

A la salida del consultorio, mi madre me acarició el codo y me dio un beso en la cabeza, con un sentimiento de culpa horrible. Esa noche pidió un pollo a la avícola de la esquina. 

 

2005

Los traumas comenzaron poco después del desarrollo. Mi cuerpo empezó a expandirse, sin que yo tuviera algún tipo de control sobre él. Me sentía deforme, grasosa, hinchada y desproporcionada. La forma en que me alimentaba, que hasta ese entonces nunca había sido notada, se convirtió en asunto de los adultos que tenía cerca: todos tenían una opinión, consejo u orden sobre qué debía llevar, o no, a mi boca.

Hasta el desarrollo, siempre había comido a demanda, sin pensar demasiado al respecto. Comía lo que necesitaba y tenía un cuerpo sano, normal. La comida no era tema y tampoco lo era mi cuerpo. Pero desde la menstruación, comenzaron unos cambios descontrolados en mi físico y en la manera en que mi cuerpo procesaba lo que ingería. Aparentemente, después del desarrollo, si comía como lo había hecho hasta ese entonces, iba a ser gorda. 

La comida empezó a ser tema: qué comer, qué no, cantidad de calorías, índice de masa corporal, palabras como carbohidratos, proteínas, almidón, glucosa. De un día para el otro, algo en lo que no había pensado nunca era el asunto protagonista de mi vida. Todo el tiempo tenía que elegir y pensar bien qué comer, si no quería sufrir las consecuencias: ser gorda. Y ser gorda era, básicamente, el ostracismo social. 

Tenía dieciséis años y hacía tres años que estaba en guerra. Guerra con mi cuerpo, guerra con la comida, guerra con mis impulsos y con las intromisiones de los adultos que me rodeaban. No era gorda-gorda, como me aclaraban, pero no era flaca. Y a pesar de  llevar tres años de batalla física y psicológica, no lograba la victoria. 

Mi madre me ofreció ir a un nutricionista. Nutricionista era la palabra de moda. Antes se les decía dietistas -ya había ido a uno de esos-, pero ahora, no más. Los dietistas solo se preocupaban por que llegues a un cierto peso, sin importar los medios o las consecuencias y con dietas insostenibles en el tiempo. La nueva camada de consejólogos alimenticios eran los nutricionistas, que, como indicaba su nomenclatura, se preocupaban más por la nutrición y por elaborar un plan de alimentación saludable, diseñado para cada individuo en particular. Así que, entendida la diferencia entre uno y otro, acepté ir a ver a Giannulli, el nuevo nutricionista top de la clase media-alta uruguaya. 

La sala de espera de la clínica de Giannulli estaba repleta de mujeres. Había siete esperando cuando llegué y nueve cuando salí de la consulta. Había chicas de mi edad, mujeres jóvenes, de la edad de mi madre y algunas viejas. Giannulli me había citado 14:45, pero me atendió 16:10. La casi hora y media que pasé esperando, rodeada de revistas faranduleras y mujeres igual o más traumadas que yo con su apariencia, acrecentó el sentimiento de asco por mí misma que, de por sí, ya experimentaba. Cuando, finalmente, Gianelli me abrió las puertas de su consultorio, estaba tan deprimida y ansiosa, que hubiera aceptado cualquier tratamiento o curso de acción que sugiriera. 

Gianelli era petiso, morocho, usaba gomina y estaba bronceado. Muy bronceado. Agosto en cama solar, bronceado. Tenía una sonrisa perfecta, piel grasosa y vestía siempre de blanco, emulando un cientificismo médico que no le correspondía. Era simpático, charlatán, una especie de Ricky Martin de las dietas, popular entre amas de casa de barrios buenos

Giannulli midió mi altura, me pesó en una balanza analógica y midió el ancho de mi muñeca. Me dijo que no tenía sobrepeso, en términos clínicos, pero que sí estaba pasada de peso y que, por lo tanto, había hecho muy bien en ir a su consultorio. Estos kilitos los vamos a bajar rápido, vas a ver, me dijo Giannulli, con una sonrisa cómplice y esperanzadora que, lo único que logró, fue darme más vergüenza de la que ya tenía. 

Si, según la medicina, yo no tenía ningún problema médico, ¿qué línea habían pasado mis kilos? Si mi cuerpo estaba sano, ¿por qué me felicitaban por odiarlo y querer amoldarlo a una forma que no le era natural? Como esas, hubo decenas de preguntas sanas que no me hice; en ese momento, yo tenía dieciséis años y lo único que quería era poder intercambiar los jeans Kosiuko talle 22 que se probaban mis amigas antes de ir a bailar.  

Giannulli me explicó que la eficacia y rapidez de su método se basaba en una dieta proteica. Me explicó, dibujando en un post it, que los alimentos tenían diferentes cosas en su composición, proteínas, carbohidratos y otras tantas palabras que no conocía, y que algunas combinaciones de esas cosas eran letales para mí. Por ejemplo, me dijo que la combinación de proteínas y carbohidratos era letal. Y cuando decía letal, se refería a que no me permitirían bajar de peso y, eso era, según Giannulli, equivalente a la muerte. 

En la dieta proteica, tenía que evitar, a toda costa, comer harinas, granos, frutas y legumbres. De hecho, dijo Giannulli, deberías cortar con los carbohidratos en general; pensá en los carbohidratos y el azúcar como tus mayores enemigos. De ahí que el nombre de la dieta sea proteica, porque aumentamos la cantidad de proteínas y grasas que comés y, como no hay carbohidratos y glucosa que retengan las proteínas, vas a eliminar toda la grasa que no necesites. 

Me fui del consultorio de Giannulli con la siguiente dieta: para el desayuno, pollo, fiambre, huevo o bastones de muzarella; para el almuerzo, churrasco de carne o pollo con lechuga; para la merienda, pollo, fiambre, huevo, bastones de muzarella y/o gelatina sin azúcar y para la cena, pollo, carne o pescado con lechuga. No podía comer frutas, no podía comer verduras, no podía comer frutos secos, no podía comer pan, galletas, arroz, lentejas, garbanzos, porotos, sopa, humus, galletas de arroz, avena, cereales, yogurt, leche, mermelada, chocolate, torta, alfajores, bizcochos, dulce de leche, helado, caramelos, yumis, pop, papas chips, maní con chocolate, merengue, masitas…

La primera semana, bajé dos kilos. La segunda semana, bajé un kilo y medio. La tercera semana, el olor a cualquier carne me daba ganas de vomitar. La cuarta semana engordé cuatro kilos.

 

 

2011

Era un sábado soleado en el Parque Rodó, ideal para el evento de food trucks y diseño que se llevaba a cabo. Había música en vivo, buen clima, adultos jóvenes y familias con niños chicos, a cuál más cool, a cuál más feliz, a cuál más normativamente bello. Era la típica actividad que detestaba. En teoría, se presentaba como evento artístico, independiente, alternativo -música, diseño de autor, pequeños emprendimientos gastronómicos-, en la realidad, aunaba la elite montevideana más careta y pudiente. MoWeek, Degusto, Feria Máxima, Punta Weekend, ya había aprendido a vetar esas movidas ni bien las escuchaba nombrar; pocas cosas me hacían sentir tan inadecuada como esos lugares, pero esta vez, el padrastro de mi amiga Karen estrenaba un food truck, un último emprendimiento más, la chance de pegarla, y teníamos que ir. 

Me vestí lo mejor que pude, sabiendo que nunca iba a tener la onda de las pibas que asistían a ese tipo de cosas. Había una manera de llevar la ropa, el pelo, una manera de caminar, de posar, de moverse, una pseudo seguridad y arrogancia que yo nunca tendría. 

Nos cruzamos con varios conocidos, caras que nunca faltaban, como si su status dependiera de cantar presente en una lista imaginaria de eventos de la high. A pesar de estar incómoda, logré distraerme y pasarla bien con mi amiga. 

Estábamos sentadas a un costado del sendero de food trucks, sobre el pasto. Era octubre y los yuyos desprolijos del parque hacían que me picaran los muslos. Karen saludó a una piba a lo lejos. Yo no tenía los lentes puestos y no me di cuenta quién era, pero distinguí una silueta alta, flaquísima, vestida de blanco inmaculado, borcegos adredemente mal atados y un gorro de cowboy de gamuza marrón. La reconocí a pocos metros de nosotras, era Camma Low -Camila Bajín, en realidad-, una modelo de poca monta, muy popular en el ambiente cool y de fiestitas electrónicas uruguayo. 

Camma se acercó y nos saludó, relajadísima, con movimientos lentos y sílabas elongadas, como de clonazepam fingido. Hola, Camma, dijo cuando me saludó, auto presentándose, como había hecho las tres veces anteriores que me la crucé con amigas o amigos que la conocían. Hola, qué hacés, dije yo, cansada de presentarme cada vez que la veía.  

Camma se sentó con nosotras. Dejé que Karen condujera la charla y, de vez en cuando, yo hacía alguna acotación. Camma estaba indignada porque no había comido nada en todo el día y las únicas opciones veganas que había en los food trucks eran papas fritas o unas ensaladas insulsas. ¿Vegana?, pregunté. Era la primera vez que escuchaba esa palabra. Seguramente era una manera más top de usar la etiqueta de vegetariana, pensé. Aun así, quería escuchar de qué se trataba. 

Camma me explicó que ser vegana era distinto que ser vegetariana. Los vegetarianos no comían nada de un animal muerto, los veganos no comían nada que viniera de un animal, independientemente de si el animal había muerto o no. Además de no comer carnes, no  como huevo, manteca, queso, leche, miel, ni nada que tenga esos alimentos. ¿Qué podés comer?, pregunté. Poco, dijo, frutas, verduras, pan, fideos y no mucho más. 

Tenía sentido, era la restricción sobre la restricción. Era, por lo poco que había entendido, el equivalente a sacarle cualquier tipo de placer a la comida y encajaba perfecto con el perfil que yo le atribuía a Camma: raver, modelo, superficial, vacía en estómago y cerebro. 

 

2019

Estaba en Padang Bai, un pueblito de pasaje en Indonesia. En el Sudeste Asiático hay algunas ciudades o pueblos que funcionan como puente entre lugares más o menos populares. Cuando digo funcionan, me refiero a que toda su economía y logística está planeada en función del servicio conector que cumple la localidad. Eso crea un clima bastante raro; es como una mezcla entre el caos de Ciudad del Este, la falta de identidad de un aeropuerto y el consumo barato del turismo saturado. Todo es berreta, todo es más caro y todos están de paso. Nadie fue a Padang Bai porque quería ir a Padang Bai.

Durante el día, intenté hacer snorkel en una playa de mar picado, pero el oleaje estaba muy fuerte. Luego de unos minutos, ya había visto suficientes peces de colores, coral brillante y anémonas y, más de una vez, el vaivén de las olas había amenazado con estrellarme la cara contra la punta de un coral. Así que decidí salir. La orilla fue lo más duro; evacué el mar como una octogenaria sin aire ni equilibrio, con el bikini a medio caer y la cola llena de arena. 

Por la noche, cuando me fui a bañar, el hotel se había quedado sin agua ni electricidad. Usé el resto de una botella de agua con gas de medio litro para sacarme la arena de la cola, sin mucho éxito. Estaba sucia, pegoteada y con calor. 

Fui a cenar con dos amigos a la calle principal de Padang Bai, que estaba vacía y negra. Todo el pueblo se había quedado sin electricidad. Nos interceptó una familia de pescadores indonesios, reunidos alrededor de un medio tanque, gritando, indistintamente, insultos y saludos en español. Compramos un pargo blanco, un pargo rojo, un atún y dos calamares. Recién pescaditos, recién muertos. Nos los sirvieron enteros, con cabeza, ojos, espinas, cola y corazón. Despellejamos y comimos hasta el último resquicio de los cinco pescados que teníamos enfrente. 

Empachada, terminé el pargo, sintiéndome horrible. No solo era el malestar físico -el exceso de proteínas, de magnesio, de omega no sé cuánto y de comida en general-, sino un malestar emocional. Me estaba comiendo los mismos peces de colores que, unas horas antes, había visto nadar libremente alrededor del coral, impregnando el mar de una belleza cósmica.

Desde el 2016, mi relación con la comida había cambiado. Cuando empecé a estudiar Teorías Queer, transfeminismos, filosofías posestructuralistas, Teoría Crítica y cuando, básicamente, me acerqué más al conocimiento y al estudio; los posicionamientos antiespecistas aparecieron entrelazados, casi como condición necesaria, a ideas y formas de entender la realidad que me interpelaban con una fuerza arrolladora. En algún momento de esos textos que leía, que me desarmaban, me movían, que desafiaban mi entendimiento y me exigían mucho desde un punto de vista intelectual, se analizaba la relación de las formas de explotación de la tierra, los animales y los humanos y la influencia que esto tenía en la conformación de la identidad y la manera de habitar el mundo. 

En medio de esos procesos de aprendizaje y deconstrucción, apareció el entendimiento por el antiespecismo y su consecuente vivencia práctica, el veganismo. Si bien hacía años que conocía el concepto veganismo, era la primera vez que realmente lo asimilaba en su completitud, en sus intricancias. Lo cierto es que las palabras y, más aún, los conceptos, no llegan solos, envueltos en mantos de objetividad. El momento en que se escucha una idea, el contexto y quién la propone son factores claves, igual de importantes que el concepto en cuestión.

El antiespecismo es un posicionamiento político, que busca erradicar las injusticias, la crueldad y la discriminación con la que los humanos tratan a otras especies animales no humanas. Es una reconciliación con nuestra propia animalidad, con la Tierra y la empatía. Es el entendimiento claro, absoluto, de cómo naturalizamos la muerte y el sometimiento de otros seres sintientes, ya no por necesidad, sino por placer. 

No se trata de plantear que los animales somos todos iguales, sino de entender que el  humano es un animal más y que la clasificación especista, jerárquica, de los seres, ha provocado que los humanos hagan con otros animales todo aquello que no toleran que se haga con su especie: encerrarlos, manipular sus cuerpos, matarlos para arrancarles su carne, robarles su leche, sus crías o despellejar sus pieles.

Poco a poco, a partir de 2016, mientras incorporaba la teoría, empecé a hacer cambios en la alimentación. Reduje significativamente la cantidad de carne, cambié la leche de vaca por leche de almendra o avena, incluí yogurt y queso vegano y, sobre todo, comía a sabiendas de lo que estaba haciendo; entendía lo que implicaba comerme un animal. Comencé a contactar con la muerte o el cautiverio que los animales sufrían para el gusto de mi paladar; contacté con el distanciamiento que genera un lindo packaging y una luz blanca inmaculada de supermercado, como si el churrasco de colita de cuadril hubiese sido cultivado ahí mismo, en la góndola cuatro. Aun así, no terminaba de dejar las carnes. No podía o no quería, no sé. 

Al día siguiente del empache de pescado en Padang Bai, desperté asqueada y nauseabunda. Estaba sola y tenía que encontrarme con mi hermano, que estaba en otro pueblito, al sur de Bali. Pensaba tomar un bus hasta otra ciudad conectora y luego otro bus hacia el sur; era la opción más barata, pero mientras metía las pocas pertenencias que tenía en la mochila, me di cuenta de que no tenía fuerzas ni equilibrio para soportar una aventura de ómnibus balinés. Me fui del hotel, transpirando con olor a atún, aún sucia y pegoteada de arena, paré el primer taxi que vi y acordamos el precio hasta la ubicación de mi hermano, 400.000 rupias, algo así como veinticinco dólares.

El trayecto fue un tormento. El movimiento del auto empeoraba el mareo y la locura del tránsito de Bali hacía que avanzáramos a paso de tortuga; el conductor aceleraba y frenaba, aceleraba y frenaba, era la única forma de movernos. Yo cerraba los ojos, los abría, tomaba agua, ya no sabía qué hacer para contener el vómito. 

Eran las once de la mañana cuando llegamos a la dirección que me había dado mi hermano; se trataba de un complejo de villas, lindas y confortables casas del Sudeste Asiático, en el medio de la nada, a veinte kilómetros del pueblo más cercano. 

Me bajé del auto. El conductor se fue y llamé a mi hermano. Como solía suceder, no me atendía el teléfono. El aire acondicionado ya no estaba para protegerme y, a medida que el calor y los mosquitos me atacaban, el malestar crecía. Había seis casas, cada una a doscientos metros de la siguiente; no sabía cuál era la de mi hermano y no me daba la energía para revisarlas todas. Me acosté en el pasto de la entrada, no me sostenía en pie. Seguí llamando. Nada. El pasto estaba lleno de hormigas y me picaba todo, pero no tenía alternativa, no podía pararme. El estómago me empezó a hacer ruidos y movimientos bruscos. Estaba por explotar.

Dejé la mochila tirada y corrí hacia la casa más cercana. No sabía de quién era, pero la puerta estaba abierta y entré. Grité hola y el nombre de mi hermano, pero no hubo respuesta. Corrí al baño, donde se desataron, finalmente, los vómitos, acompañados de una diarrea fulminante. Pasé varios minutos sacando todo; un exorcismo de caca, pescado y vaya a saber una qué más.

Cuando terminé, estaba agotada. La mochila seguía afuera de la villa, tirada en el terreno de la entrada, pero no me importó. Recordé las advertencias sanitarias de la médica catalana que me dio nueve vacunas, según ella, para cuidarme de las enfermedades del Sudeste Asiático. En la mochila tenía unas sales minerales que evitaban la muerte por deshidratación, en caso de vómitos severos. Ya lo veía: me iba a morir ahí, en la villa de un extraño. 

Resignada, no me importó ignorar de quién era esa villa. Total, me iba a morir. Prendí el aire acondicionado y me tiré en uno de los sillones, con las piernas abiertas, la bombacha al descubierto y los ojos cerrados. Ojalá no entre el dueño de la casa y, asustado, me mate, pensé. 

A la media hora, me llamó mi hermano; había ido al pueblo a comprar unas cosas y se había olvidado el celular. Estaba en la Villa 3, a cuatrocientos metros de donde yo estaba. 

Dejé la casa del extraño sin eliminar los rastros de mi estadía. Mi hermano me ayudó con la mochila y, ya en su villa, tomé las sales para no morirme. 

 

2020

Hace ocho meses que no como ningún tipo de carne. La indigestión de pescado fue la gota que derramó el vaso de asco e ideología que venía llenando en los últimos años. Aun así, no llevo la etiqueta de vegetariana o vegana. Como posicionamiento político, huyo a las etiquetas. O, al menos, a las etiquetas fijas. Creo que cualquier definición identitaria cerrada termina siendo un peso: mujer, heterosexual, uruguaya, linda, fea, gorda, buena, mala, carnívora, vegana. Los años me han demostrado que no soy ninguna de esas cosas y, a la vez, soy todas. El quid de la cuestión, para mí, fue entender que ninguna de esas características es inherente a mí, nada responde a una verdad esencial de quién soy yo y, por lo tanto, son aspectos que no se mantienen todo el tiempo, de manera invariable. A veces soy lo que se entiende por femenina, uso tacos, me maquillo y seduzco. A veces soy lo que se entiende por masculina, hablo mal, puteo, me siento de piernas abiertas, uso ropa holgada y me tiro eructos. Ninguno de esos dos aspectos -o de cualquier polaridad que se presente en mí- es más verdadero. Por eso, elijo no definirme como vegetariana o como vegana, porque no creo en la inmanencia de ningún título, independientemente de lo que coma. 

Creo en la empatía, creo en evitar el sufrimiento de otro ser y trato de vivir una vida de relativa coherencia entre lo que creo y lo que hago. No quiero que ningún animal sintiente muera o pase la vida entera en un cubículo de tres metros cuadrados para darle placer a mis papilas gustativas. Pero vivir acorde a esos ideales no me resulta nada fácil.  Me cuesta. Cuando siento olor a asado, se me hace agua a la boca, nunca me terminaron de gustar las botas de cuerina, el chocolate con leche me fascina y pocas cosas me causan tanto placer como una buena picada de quesos con vino tinto. 

No soy vegetariana ni vegana, si bien hace ocho meses y cuatro días que no como ninguna carne. Lo vivo más como un posicionamiento crítico, como una alimentación consciente. Me gustaría creer que no voy a comer un animal muerto nunca más, pero no puedo asegurarlo. Cambiar la alimentación es una conquista día a día, un logro, pero tengo clara mi humanidad, mis luchas y, si el día de mañana, me salgo del eje y como un sándwich de jamón crudo, eso no tira por la borda el esfuerzo y el compromiso con el que me vengo manejando. 

Otra ventaja de no ponerme la etiqueta de vegetariana o vegana es evitar lidiar con los denunciantes: personas que, probablemente, no tomaron una decisión alimenticia empática en su vida, pero que están en la primera fila de acusadores, señalando con el dedo índice, a la primera que una no cumple a la perfección con la imagen -a sus ojos, infalible- del santo vegano.  

Tengo treinta y un años y fui culturizada como carnívora. Más aún, fui culturizada como orgullosa carnívora rioplatense, cuna exportadora de la mejor carne del mundo. Cantaba señora vaca, señora vaca, yo le doy gracias por todo lo que nos da, hoy mi maestra nos ha enseñado que con su cuerpito usted trabaja sin cesar, mientras veía el dibujito de unas vacas y unos terneros felices que, probablemente, no sabían que unos minutos más tarde iban a ser desangrados en el matadero. Fui culturizada con las verdades de la escuela, que al enseñar sobre alimentación y sobre la pirámide alimenticia, las carnes ocupaban un lugar prioritario, fundamental. Fui culturizada, también, cuando mi hermana, en el 2001, a los nueve años, en una demostración de empatía genuina y brillante, proclamó que quería ser vegetariana y los adultos y el médico de cabecera de la familia hicieron todo lo posible para impedirlo, porque necesitaba las carnes para crecer sana

Comer o no comer carnes es mucho más que una decisión de gustos, de paladares. Mi alimentación está directamente ligada con la conformación de mi identidad, con la relación que tengo con mi cuerpo, con cómo me veo, con mis formas, con los estándares de belleza y el lugar que ocupo en la sociedad; en última instancia, mi alimentación está directamente ligada a quién soy y a cómo veo ese quién soy. Por eso, hacer un cambio en la dieta es tan difícil, por eso cuesta tanto. Porque no es solamente dejar de comer algo rico, quedar por fuera de rituales sociales que giran en torno a ciertas comidas; es amenazar quién una es y arriesgarse a perder el control de esa imagen construida. 

En mi caso, desde muy pequeña, la comida quedó asociada a valoraciones muy claras; carbohidratos: letales, harinas: veneno, azúcar: gordura, gordura: rechazo, proteínas: músculos, pescado: delgadez, delgadez: belleza. La lista sigue y sigue. Mi vida ha sido una guerra interminable con la comida, batalla tras batalla. Algunas veces he ganado; otras, he estado capturada, sometida, casi muerta. 

Lo cierto es que sigo en guerra. Una guerra menos sangrienta, en los últimos años, pero guerra aún: la comida sigue siendo tema. 

Eliminar las carnes y orientarme al veganismo fue agregar una lucha, una restricción más, otro condicionamiento, que amenaza con desestabilizar todo. Y aún así, vale la pena. 

Estoy pasando por un proceso de adaptación; integrando, tanto ideas, como sensaciones, reconfigurando conexiones neuronales, teniendo paciencia con mi cuerpo y la ansiedad que me viene a veces. Disfruto de nuevos sabores, de nuevas elecciones y, sobre todo, de una conciencia limpia, del saberme parte de una lucha contra las injusticias y el sometimiento de otros seres vivos. Cambiar la alimentación no es solo comer ciertas cosas en vez de otras, es animarse a la deconstrucción, es entender los lazos psicológicos e identitarios que tenemos con la comida, cuestionarlos y reescribirlos. 

 

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