Propuestas y tríos

-Oh, I’m sorry -le dije a un pibe rubio, grandote, al que golpeé sin querer, intentando pasar entre la gente.

-¿Sorry? Qué sorry, ni sorry. Disculpá o perdón -contestó él, riéndose.

Eran las fiestas del Raval y las calles de dicho barrio Barcelonés estaban atestadas de gente. La turba iba de un lado a otro, chequeando los distintos escenarios ubicados a lo largo y ancho del barrio. A unos metros de donde estábamos, tocaba una banda de funk.

-Ah, ¿hablás español?

-Claro que hablo español. ¿Qué es eso de hablar primero en inglés? Estamos en España.

-No suelo hablar primero en inglés, pero vos tenés una pinta de guiri… -dije, mirándolo de arriba a abajo, como si mis ojos reforzaran el comentario.

-Nah, nah, nah…

Ambos nos habíamos detenido y charlábamos enfrentados. Era evidente que la queríamos seguir. El pibe tenía una apariencia muy nórdica; rozaba lo albino. Seguro no era la primera persona en Barcelona, una ciudad llena de turistas, en confundirlo con un primo de los vikingos.

Lucas era argentino, de Corrientes, y tenía una mirada llena de picardía. Se encargó de que nuestra pequeña interacción nunca dejara el tono sarcástico, rozando la provocación. Me atrajo enseguida. A los pocos minutos de comenzar a hablar, una italiana se metió en la conversación. Se presentó como compañera de piso y amiga de Lucas, pero yo percibí una vibra territorial. Sus risitas y simpatía no parecían genuinas; algo raro había. No tenía ningún interés en quedar metida en cualquier rollo romántico que esos dos pudieran tener, fueran mis sospechas reales o no, así que con un “che, me están esperando”, me fui.

Una lástima, pensé. Me había gustado el Lucas ese, pero tampoco me importó demasiado. Me junté con mis amigxs y disfrutamos el resto de la noche.

Unas semanas después, eran las fiestas de Gracia. Las calles del barrio competían por la mejor decoración temática. Se habían armado comisiones de vecinos, cuadra por cuadra, que habían pasado el año organizando la fiesta y las escenografías, todo realizado con materiales reciclables o desechos reutilizados. El resultado era espectacular.

Allí estaba con mis amigas, callejeando, cuando de repente, mientras cruzábamos un arco armado con culos de botellas de plástico multicolores, vi una silueta conocida acercarse hacia nosotras. Era Lucas. A unos pocos metros de distancia, ambos sonreímos.

-Hola -dije.

-Hola, ¿cómo estás? -me contestó sorprendido. No esperaba que yo lo saludara.

-Bien, ¿vos? ¿Te acordás de mí?

-Sí, claro, de las fiestas del Raval… -dijo, no del todo convencido.

-Sí…

-Te fuiste aquella noche.

-Me fui porque se dio una situación rara.

-Con la italiana, es verdad -dijo riéndose.

-Sí, muy turbio todo. Sentí una vibra extraña y me fui.

-Está re loca la italiana. Yo me cago de risa, igual. Pero está re loca.

-¿Están juntos ustedes?

-¿La tana y yo? No, ni ahí. No, no… ¿Qué vas a hacer ahora?, ¿para dónde están yendo?

-No sé, supongo que seguiremos caminando, no estamos muy fijas en ningún lado.

-Quedate conmigo -se acercó al límite de mi microespacio mientras lo decía.

-No, me voy.

-¿Te vas a ir de nuevo?

-Sí.

-Quedate, dale -dijo, acercándose unos centímetros más. Me gustaba.

-No, me voy con las pibas -no sabía por qué le estaba diciendo que no.

-Bueno.

Sonreímos y cada uno siguió para su lado, en dirección opuesta.

Unos segundos después, me arrepentí de perderlo así como así. Ya bastante suerte había tenido de encontrármelo otra vez. Caminé hacia él y me le paré enfrente:

-Pasame tu teléfono, ¿querés?

-Sí, de una. No me acuerdo el mío, es nuevo. Pasame vos el tuyo, mejor.

Me fui con mis amigas y terminamos bailando hasta la madrugada, al son de una banda de cumbia catalana, una mezcla rarísima. Pensé en Lucas varias veces. Me hacía acordar a un gran amor de la adolescencia, con quien nunca había logrado concretar nada. Era una historia de infinito histeriqueo que había quedado en eso. Me pregunté qué porcentaje de mi atracción hacia Lucas era nuevo y qué porcentaje estaba marcado por su parecido con aquel flaco de la adolescencia. A veces siento que nos enamoramos una y otra vez de la misma persona.

Recordé lo que me dijo una amiga, en una época en la que estaba completamente obsesionada con un pibe con el que yo creía no tener chances:

-Salgamos a buscar uno parecido.

-¿Lo que? -pregunté sin entender.

-Salimos, buscamos a uno que se parezca mucho y te lo agarrás. Así te sacás un poco las ganas. No es igual que cogerte al que te gusta, claro, pero rinde. Yo lo hice una vez. Aparte, acá en Barcelona, seguro encontramos un gemelo.

Me reí.

En aquel momento, lo había tomado como algo gracioso pero, ahora, entendía más a qué se refería. ¿De dónde provenía el deseo por Lucas? ¿Estaba buscando saciar una calentura pendiente del pasado? De no haber existido el flaco de la adolescencia, ¿Lucas me hubiera gustado? ¿Lucas me gustaba?

Las preguntas me generaban una mezcla de rechazo y morbo.

A las cinco de la mañana, me escribió:

Lucas:
Seguís por la vuelta?

                                                                                          Yo:
                                                                                          Maso, vos?

Lucas:
También. Qué es maso?

                                                                                         Yo:
                                                                                          Nos estamos yendo al Paseo del
                                                                                          Born a tomar las últimas birras.

Lucas:
Voy para ahí, querés?

 

Claro que quería.

A los pocos minutos, Lucas estaba con nosotras. Nos quedamos tomando birra en una banqueta durante una hora y media más. Lucas estaba sentado a mi lado y, de vez en cuando, me acariciaba la parte inferior de la espalda. Me alimentaba el ego y la putez saber que yo le gustaba, que me quería coger.

Alrededor de las ocho de la mañana, el sol estaba demasiado radiante como para seguir la gira a base de cervezas y decidimos irnos a dormir. Saludé a todos y, oh casualidad, el piso de Lucas quedaba cerca del mío. Nos fuimos juntos.

Llegamos a la puerta de mi edificio y, al despedirnos, empezamos a chuponear. Chuponeaba divino. La cosa se puso hot en cuestión de segundos y le dije que la teníamos que cortar, que estábamos en la calle y no daba. Tampoco podía invitarlo a subir porque, en mi habitación, se estaba quedando conmigo una amiga de Uruguay, que ya estaba ahí durmiendo. Me insistió para entrar, subir la escalera conmigo y “acompañarme hasta la verdadera puerta de mi piso”. Aun sabiendo que era un manotazo de ahogado para lograr entrar, le dije que sí. Y le aclaré, nuevamente, lo de mi amiga.

Nos pusimos a chuponear y a tocarnos en uno de los descansos de la escalera. Me re gustaba; cómo se movía, cómo me agarraba, todo.

Después de estar un largo rato envueltos en esa rosca y súper calientes, la corté. No tenía sentido seguir. Lucas me repitió veinte veces que al día siguiente nos íbamos a ver. Yo le dije que bárbaro, que obvio. De ahí a que, efectivamente, arregláramos para vernos era otra cosa. En el medio del agite todos juramos amor, y luego…

Dos noches después, volvimos a hablar:

Lucas:
Che, sabés que me encantó estar contigo. Me
gustaste un montón, hacía tiempo que no me
calentaba así.

                                                                                        Yo:
                                                                                        Jajaja, estuvo bueno, sí. Vos también
                                                                                        me gustás.

Lucas:
Estoy con un amigo, argentino también, y
pensé que capaz podríamos divertirnos los
tres..

                                                                                         Yo:
                                                                                         Los tres?

Lucas:
Sí, los tres. Te va?

 

Como un impulso, instantáneamente me sentí ofendida; asociando, de manera cuasi irracional, su propuesta de trío con una falta de respeto o de interés genuino hacia mí. Luego de unos segundos, intenté redireccionar mi cabeza. Lentamente, empezaron a llegar las teorías de género y los análisis deconstructivos del amor romántico. Intenté, con muchísimo ahínco, que mi intelectualidad y racionalidad atacaran los sentimientos patriarcales que me acechaban al enfrentarme a una propuesta romántico-sexual que salía de lo normativo.

Entendía que un trío, un cuarteto o una orgía, eran igual de válidos y de serios que un garche entre dos. Que cualquier connotación de promiscuidad que conllevaran otras formas de sexualidad por fuera de lo tradicional era, solamente, producto de los prejuicios de una cultura heteronormativa. Pensé, incluso, en el concepto mismo de promiscuidad como adjetivo peyorativo: qué cosa más estúpida; que tener una actitud proactiva, o de experimentación, o de abundancia sexual estuviera mal visto. Poco a poco, las ideas se impusieron sobre las sensaciones instintivas que sintió mi cuerpo apenas interpreté trío en las palabras de Lucas. Ejercité la apertura mental y me pregunté, honestamente, si me interesaba hacer un trío con Lucas y su amigo. No, no me interesaba. No tenía idea quién era el amigo en cuestión, si me gustaría o no, y tampoco tenía la confianza suficiente como para aventurarme en una movida de exploración sexual con ellos.

Con naturalidad, le respondí:

 

                                                                                         Yo:
                                                                                         Mmm, no, no. No estoy para esa.

Lucas:
Por?

                                                                                          Yo:
                                                                                         Porque no tengo ganas. Tranqui.

Lucas:
Ah, dale. Todo bien. Te pregunté porque la
pasamos tan bien que, en una de esas, te
gustaba la idea de hacer algo con mi amigo
también…

                                                                                          Yo:
                                                                                          Sí, sí. Entendí, pero nop.

Lucas:
Jaja ok, ok. Bueno, en fin, nos vemos hoy?

 

Me sentí bien por cómo manejé la situación. Seguimos hablando y quedamos en vernos esa misma noche, más tarde. Él iba a un after office con su amigo y me invitó a que fuera con ellos, pero yo no estaba con ánimo de fiesta y le dije de quedar más tarde.

Alrededor de las once de la noche, apareció. Me propuso tomar unas cervezas con él y su amigo, cerca de casa. La omnipresencia de su amigo, hiciéramos lo que hiciéramos -boliche, cervezas, trío-, prendió mis alarmas. A riesgo de sonar paranoica, volví a repetirle a Lucas que no estaba interesada en una tríada con su amigo, de ningún tipo. Me dijo que me quedara tranquila, que ya había entendido, que me estaba proponiendo solamente unas cervezas con él porque ellos ya estaban juntos desde temprano y no quería dejar a su amigo sin plan.

Me arreglé y salí a su encuentro. Cuando llegué, vi que Lucas estaba un poco más borracho de lo que me resultaba atractivo, pero la dejé pasar. Su amigo me pareció bastante feo y no muy simpático. O capaz era solo timidez. Por suerte no accedí a trío ni a nada con ese personaje, pensé.

Compré la primera ronda de cervezas en un 24 horas y las tomamos caminando por las calles del Raval, buscando un lugarcito en el cual sentarnos. Pasados unos pocos minutos, Lucas hizo uno o dos comentarios picantes, con doble sentido, a modo de chistecito, y me descolocó. ¿Estaba haciendo referencia al supuesto trío? No contesté. Me dije que, seguramente, estaba sugestionada o paranoica de más. Ya le había comunicado lo que quería y lo que no y él había sido muy receptivo. Traté de aflojarme.

Unos minutos después, volvió a insistir con los comentarios subidos de tono y las risitas cómplices. No era mi imaginación. La intención estaba ahí. La recurrencia de los comentarios, el intento de generar un microclima sexual entre los tres. Me paralicé. No sabía qué hacer. cómo gestionar la situación. Me dio vergüenza y hasta un poco de miedo. Incluso, me sentí parte responsable; al fin y al cabo, yo había aceptado tomar cervezas con los dos.

Eso, cervezas con los dos. Nada más. Me lo repetí mentalmente. Yo había sido clara, había dicho que no y, como si fuera poco, dos veces. La vergüenza y la parálisis fueron sustituidas por una indignación tremenda. Rabia: eso sentí.

Sin gritar, pero con tono firme, manifesté mi desagrado, mi bronca. Expresé todo. En medio del descargo, el pelado antipático dijo algo como “che, yo mejor me voy, los dejo hablando…” y se fue. Se lavó las manos. Ni lo miré. Yo me dirigía a Lucas, que era con quien tenía algún tipo de vínculo y de quien esperaba, mínimamente, respeto. Le dije todo y me sentí bien; me sentí fuerte al salir de la parálisis primera que me había arremetido al interpretar lo que estaban orquestando, pese a mi negativa.

Cuando terminé, Lucas me pidió una semi disculpas, mitad balbuceo alcohólico, mitad intento de apaciguamiento. No sé hasta qué punto entendía la gravedad de su error, la prepotencia de su avasallamiento.

Caminé hacia mi casa con una sensación agridulce. Me sentía bien por haberme plantado, pero había vivido una situación violenta, en varios niveles. No solo se había truncado un posible goce con Lucas, sino que, además, el ejercicio de vincularme de una manera más deconstructiva en cuanto a lo sexual, había cooperado con que se desarrollara un episodio desagradable. Lamentablemente, en algún punto del relacionamiento, Lucas había asumido que mi falta de prejuicios respecto a la sexualidad o mi apertura frente a los posibles goces, equivalía a una suerte de libertinaje, en la que todo estaba permitido o era negociable, independientemente de lo que yo dijera que quería.

Me pregunté qué hacer con todo eso. ¿Cómo encarar una situación similar en el futuro? ¿Debía hacerme la pacata, la virginal? ¿ofenderme si alguien me propone una experiencia que sale de lo tradicional?, ¿asumir que a una piba bien no se le avanza de esa forma?, ¿esconder que hay un montón de relacionamientos -sexuales, románticos, emocionales- que me intrigan y que me interesa explorar, tal vez en lo teórico, tal vez también en lo físico? No estaba dispuesta a retroceder casilleros, a volver a un posicionamiento que sabía deshonesto.

Cuando llegué a casa, me saqué el maquillaje, me puse el pijama y comí unos waffles de chocolate en la cama, mientras miraba videos en Youtube de niños haciendo parkour. De repente, vibró mi celular.

Lucas:
Estoy en mi cama y sigo pensando en vos.
Quiero que estés acá. Hoy hice cualquiera,
estaba re en pedo. Nos vemos mañana?

 

                                                                                          Yo:
                                                                                          No.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Crédito imagen: @psycondor (instagram).

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