Cuando el machismo tiene cara de falacia: respuesta a la editorial de Gabriel Pereyra en el diario El Observador

“Una falacia es un razonamiento no válido o incorrecto, pero con apariencia de razonamiento correcto. Es un razonamiento engañoso o erróneo (falaz), que pretende ser convincente o persuasivo. Todas las falacias son razonamiento que vulneran alguna regla lógica. Así, por ejemplo, se argumenta de una manera falaz cuando, en vez de presentar razones adecuadas en contra de la posición que defiende una persona, se la ataca y desacredita: se va contra la persona sin rebatir lo que dice o afirma.”
Consellería de Educación, Xunta de Galicia

La editorial de Gabriel Pereyra en El Observador, “Cuando la inmoralidad tiene cara de mujer: la mano que mece al facismo”, ya comienza con un enfoque un poco raro: pone en veredas opuestas el feminismo racional y el feminismo radical. Error. Desde un punto de vista etimológico, lingüístico (lingüístico de la RAE, no sea cosa de parecer irracional con esa hippeada del lenguaje inclusivo), la radicalidad no tiene nada que ver con la irracionalidad. Radical, alude a la raíz, a lo total, lo completo, lo fundamental. Desde ese lugar, claro que el feminismo es radical. Claro que se quieren cambios estructurales, de raíz. También se ha llamado feminismo radical a colectivos de los años 70, que se centraron en las relaciones de poder que organizan la sociedad, considerando que construyen la supremacía masculina, entre otras cuestiones, debido al papel reproductivo del hombre y la mujer.​ Se denomina feminismo radical porque se propone buscar la raíz de la dominación e identificaron como centros de ésta, esferas de la vida que, hasta entonces, se consideraban “privadas”. A este feminismo corresponde el mérito de haber revolucionado la teoría política, al analizar las relaciones de poder que estructuran la familia y la sexualidad, y lo sintetizaron con el eslogan: lo personal es político.

¿Qué hay de irracional en todo esto? ¿Discutible, debatible? Sí, como cualquier idea. Pero, ¿irracional?

Frente al punto de la proclama que promueve “deconstruir la maternidad como institución opresiva” y “radicalizar las formas de maternar para construirlas feministas y anticapitalistas”, Gabriel Pereyra se pregunta: “¿En quién cuernos están pensando estas representantes de las clases medias y altas, educadas y muchas de ellas fracasadas militantes de izquierda, cuando utilizan palabras y conceptos que, más allá de su absurdo contenido, no están al alcance de la comprensión de importantes sectores de la población femenina y masculina?”

Cuando se proclama que se quiere construir una maternidad feminista y anticapitalista, Gabriel y señores de El Observador, se está pensando en los cuernos, rabos, lomos, tripas y demás partes constitutivas de los cuerpos gestantes o de quienes vayan a socializar a un individuo. Una maternidad feminista tiene que ver con la ruptura de los roles de género hegemónicos que, tradicionalmente, ocuparon hombres y mujeres en la crianza; tiene que ver con una educación inclusiva y plural para el niño, la niña, o el niñe. Tiene que ver, de hecho, con la posibilidad misma de que haya educación, con una división justa del trabajo, tanto dentro del hogar como fuera; con que los varones no “ayuden” o “colaboren”, sino que sean parte responsable igualitariamente en la crianza y el sustento del niñx.

Una maternidad anticapitalista, refiere, entre otras cosas, a la visión y posicionamiento que tiene la mujer o cualquier cuerpo gestante en el sistema capitalista. Refiere a sus derechos y obligaciones como trabajadora y hace alusión, enfáticamente, a las licencias maternales: ¿98 días para quien parió un bebx y 13 para su compañero o compañera? ¿Y luego de los 98 días? ¿Quién cuida a ese bebx? ¿Cómo se le da de mamar? ¿Qué pasa con las personas que no tienen ayuda del entorno y no pueden pagar por cuidados? ¿Dónde están contempladas esas personas, esas realidades, en el sistema de producción y de trabajo actual? Un sistema capitalista, neoliberal, por si Gabriel no lo sabía.

Entiendo que no estamos en un país como Finlandia o Alemania (este último con dos años de licencia por maternidad/paternidad, divisible a gusto de la pareja) y que los objetivos que se planteen estarán directamente relacionados con la realidad económica y social del país, pero, a esta altura, parece una obviedad que se marche por otro tipo de maternidad.

Luego, la proclama postula que, otro de los motivos por los que se para el 8 de marzo es que, en las instituciones educativas, el trabajo y accionar (de las mujeres y demás disidencias) sigue desvalorizado e invisibilizado, porque los contenidos curriculares niegan su presencia y aportes. A lo que Pereyra, responde: “En Uruguay, la mayoría de los universitarios y quienes se reciben son mujeres, y en algunas carreras con índices del 70% contra el 30% de los hombres. Pero cuando se impone la ideología, la realidad es apenas una molestia en el camino.”

Según una encuesta realizada en el 2017 por el Instituto Nacional de Estadística (INE), en Uruguay, los egresados universitarios, de 25 años o más, representan solamente el 10,5% de la población. Pareciera que ir a la Universidad es un lujo que algunos uruguayos y uruguayas pueden darse y, en ese sentido, es uno de los tantos problemas de la educación. Que dentro de ese porcentaje que accede a la educación terciaria, en algunas carreras el 70% sean mujeres, ¿qué tiene que ver con que en las instituciones educativas (primarias, secundarias o universitarias) los trabajos y accionares de mujeres y otras disidencias estén desvalorizados o invisibilizados?

Se podría explicar que el reclamo alude a la falta de una perspectiva de género estructural en la mayoría de las instituciones educativas, a la importancia de un asesoramiento y compromiso incisivo y a las repercusiones que una carencia en este departamento tendrá en los niñes, así como en sus tutores. Pero ni siquiera es el punto. El punto es la falacia, el entrevero. Pereyra relaciona variables e ideas, planteando una suerte de causa-efecto que ni él debe entender.

“Estamos en Huelga feminista para acabar con todas las formas de cosificación y violencia hacia nuestras cuerpas. Denunciamos la desaparición de mujeres, niñas, adolescentes y otros cuerpos feminizados en manos de las redes de trata y explotación sexual con la complicidad del Estado, de los medios, el sistema económico y judicial”, dice la proclama. A lo que Pereyra “argumenta”: “¿Qué dirán las mujeres que trabajan en los medios, las abogadas, las magistradas, las policías, a las que se acusa de complicidad en estos terribles delitos?”

De nuevo, ¿qué tiene que ver? Razonamiento inductivo, defectuoso.

Es sabido que la cultura hegemónica (heteropatriarcal) cosifica a la mujer. Basta con mirar las mujeres que aparecen en la televisión, los programas de Tinelli (cuasi imbatible en rating), las revistas, etc., para darse cuenta de que hay un estereotipo que se promueve y repromueve como estándar de belleza y de mujer deseable, un posicionamiento social y económico de esos cuerpos, insistentemente, como objeto de deseo, como cuerpo sexualizado.

Desde una perspectiva de la construcción de la identidad y del rol que la cultura y los mensajes que se normalizan a través de la misma, es menester cuestionar qué tipo de mujeres, de personas, de maneras de relacionarse románticamente, de cuerpos aceptables y demás realidades se están promoviendo como buenos o naturales y qué consecuencias sociales y políticas tienen dichas normalizaciones. En ese sentido, los medios, el sistema económico y el Estado, como agentes perpetradores de ciertos estereotipos y visiones, están directamente relacionados con las consecuencias que dichos modelos generen. De ahí que se pida que las instituciones se responsabilicen.

Ahora bien, ¿qué tiene que ver eso con que hayan o no mujeres en los medios, abogadas, magistradas o policías?

Luego, el artículo se torna más picante y ya directamente acusa de fascistas a las feministas. Faltó la palabra feminazi; era la frutillita de la torta que quedó pendiente: “Continúan vomitando su odio de género (…) Este párrafo (respecto al párrafo de la proclama que denuncia la violencia machista, los feminicidios, y demanda soluciones no punitivas y una justicia feminista) es desbordante de falsedad, contradicciones y, en este caso, sí fascista (…) La proclama (…) incurre en un lenguaje clasista, elitista, por momentos absurdo, y su contenido luce cargado de odio y resentimiento, convoca a violar la ley y tiene marcados ribetes fascistas”.

En cuanto al lenguaje clasista-elitista, puede que la sintaxis de la proclama sea compleja o que se usen terminologías académicas y de las teorías de género pero, ¿es por eso menos válido lo que se comunica?, ¿deja de representar los reclamos, problemáticas e intereses de grupos que hablen de otras formas?

Respecto al vómito de odio del que se acusa a las feministas, tal vez Pereyra podría releer su artículo y preguntarse, con honestidad, quién es, en este caso, el que está destilando violencia. Otra alternativa posible para Pereyra hubiera sido, además de leer el panfleto de la proclama, ir a la marcha y presenciar el acto de primera mano, antes de realizar un artículo tan categórico sobre el acontecimiento.

Acerca de la demanda de soluciones a la violencia de género, cabe destacar que, según la ONU, la violencia de género es la principal causa de muerte de mujeres en el mundo. La Organización Mundial de la Salud (OMS) plantea que la violencia contra las mujeres es un “problema de salud global de proporciones epidémicas” y las estimaciones mundiales publicadas por dicha organización indican que alrededor de una de cada tres (35%) mujeres en el mundo han sufrido violencia física y/o sexual de pareja o violencia sexual por terceros en algún momento de su vida.

Este problema, como tal, exige ser atendido como lo que es: un problema específico de la violencia contra la mujer. No es un ajuste de cuentas, un asesinato relacionado al robo o a la droga. Está intrínsecamente relacionado con el hecho mismo de ser mujer. Esto no lo hace más grave que otras muertes, para nada. Cualquier muerte es terrible, evidentemente. Lo que se plantea es que el feminicidio tiene una raíz social puntual; es una consecuencia última de un sistema machista, contra el cual los feminismos se rebelan. Se piden soluciones específicas, se pide que se atienda el problema. Y esto a Pereyra parece molestarle.

Para muchas y muchos, la proclama no es perfecta. Hay contradicciones, falta mencionar a ciertos sectores de la población, se utilizan algunos términos con los que muchas y muchos pueden no estar de acuerdo. Nadie está diciendo que la proclama del 8M, los movimientos o luchas feministas sean perfectos. Hay cosas a mejorar, a trabajar, y toda crítica constructiva o cuestionamiento que fomente el crecimiento, suma. Pero esa imperfección, ¿desestima todo el resto?, ¿invalida los motivos por los cuales se marcha o los cambios sociales que se reclaman?

Más allá del enfoque entreverado, falaz e inductivo del que se sirve Pereyra, lo que más preocupa es que, luego del 8M, de una marcha pacífica con una convocatoria suprema, lo que El Observador decide publicar en su editorial es una columna de opinión que tacha de fascistas irracionales, violentas, resentidas y vomitadoras de odio, a las feministas. ¿Eso es lo más importante que está sucediendo? ¿Eso es lo que tienen para decir del 8M, de las luchas feministas, de la problemática social, de los cambios que se buscan? Como seres críticos y generadores de contenido, de la opinión pública, ¿es ahí donde deciden poner el foco?

 

Cecilia Komaromi

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