Un fallo del sistema

I

El penúltimo fin de semana de septiembre fueron las fiestas de Cataluña. La Mercé, se llaman. Nunca me había imaginado que una ciudad se pudiera enfiestar tanto. Escenarios por todos lados, actividades acá y allá, food trucks, fiestas electrónicas en la calle, en la playa; conciertos de funk, obras de teatro; todo planeado y llevado a cabo con una organización y una buena onda sin parangón. Y gratis. Todo gratis. Democracia pura.

Las calles y los parques estaban atestados de gente, sobre todo de jóvenes, que aprovecharon el fin de semana y el feriado del lunes para gozarse con las propuestas callejeras y la birra de un euro que vendían los pakistaníes. Yo me acoplé a la movida y durante tres días no paré.

El sábado pasé la tarde con mis amigos en el Parque de la Ciudadela y de noche nos fuimos al Raval, el barrio más under y pesadito de Barcelona.

El ambiente estaba divino. Nos quedamos vagueando por la calle un rato, empinando birra de paki, y después nos fuimos a bailar y escuchar tremendo toque de funk. Doce músicos se desplegaban y retorcían en un escenario iluminado a la perfección. En medio del ajetreo, quise mandarle un mensaje a un amigo, pero cuando agarré mi mochila y la vi abierta anticipé lo que había pasado: me habían robado el celular. Los pungas más expertos del mundo vivían en Barcelona y habìan llegado, por tercera vez, a mí. Los putos carteristas.

Me alejé un poco del gentío para no agobiarme, respirar aire fresco y decirme a mí misma lo que ya sabía que tenía que decirme: es solo un celular, es algo material, ahora ya te lo afanaron, el daño ya está hecho, con calentarte no solucionás nada. Después de repetir en mi cabeza esos enunciados como un mantra infinito, respiré hondo de nuevo y volví hacia la turba.

Mientras le contaba a mi amigo Hernán lo del robo, me saludó un pibe que no conocía, Rafael. Lindo, alto, de ojos claros, morochito. Se presentó, era chileno. Nos pusimos a hablar y le conté lo del celular.

Como era amigo de Hernán, una de las mejores y más inteligentes personas que había conocido en Barcelona, asumí que Rafael era un pibe de nuestro palo: alternativo, cuestionador, disidente, sensible; y hablé con él más cómoda y fluida de lo que, normalmente, lo hubiera hecho con un desconocido, porque di por supuestos en él una serie de atributos y formas de pensar con los cuales me identificaba, solo por ser amigo de Hernán. Por aproximación. Y porque estaba bueno. Inconscientemente, yo deseaba que esos supuestos fuesen reales.

Hablando del celular, con ironía, le comenté mi mayor preocupación: no era el robo del teléfono en sí, ni la guita de comprarme uno nuevo o la pérdida de los contactos; mi mayor preocupación eran las fotos en bolas que tenía guardadas, sumado al hecho de que a ese celular no le había puesto contraseña. En ninguna foto se me veía la cara, pero igual. Lunares, tatuajes, contextos, qué se yo. Si el ladrón quería hacerme daño, podía. También tenía acceso a mi Facebook, al Whatsapp.

Rafael se reía. Que le hablara tan abiertamente, sin pruritos, sobre las fotos en bolas que guardaba en mi teléfono le parecía entretenido, simpático, incluso provocador. Pero también había un dejo de incomodidad en su postura corporal y su sonrisa, como si admitir abiertamente que tenía fotos en pelotas -y encima sin los reparos de seguridad correspondientes-, formara parte de lo que no debía decirse, de lo no femenino, de lo guarro. Noté enseguida su mojigatería, su risa lejana, sin empatía; pero mi optimismo -o mi anhelo de que así fuera- me hizo ignorar lo que en cuestión de cinco minutos ya sabía: en el mundo binario de Rafael, en el que todo existía según su par opuesto -hombre/mujer, lindo/feo, bueno/malo, legal/ilegal-, yo era uno de esos polos que él nunca tomaría en serio: yo era la puta, y él buscaba una virgen. Haciendo caso omiso a mi intuición, seguí hablando con él un buen rato más.

Rafael era inteligente, pragmático, extremadamente racional. Tenía treinta años, estaba de novio hacía dos y casi no salía de noche hacía tres. No se drogaba, no tomaba más alcohol

que alguna birrita de fin de semana y no le gustaban los pantalones ceñidos en las pantorrillas. Me dijo que nunca se hacía más problemas de los necesarios, que le gustaba el orden y que no sufría en demasía por lo que no estaba bajo su control. Le creí. Me pregunté si tampoco disfrutaría en demasía, pero no dije nada.

Cuando el toque de funk terminó, caminamos hacia el Moog, un antro de música tecno en el que, dos por tres, terminábamos la noche, pero había una cola gigante y decidimos irnos a un garito a cien metros del boliche, que hacía de after clandestino y al que nos dejaban entrar gracias a Valito, el novio de Hernán.

El garito era un lugar mitad acogedor, mitad siniestro. Por un lado, parecía el living de una casa, un poco alargado, con algunas sillas, silloncitos y mesa ratona, iluminado con luces led blancas y música tecno de fondo, lo suficientemente alta para que hubiera que subir la voz al hablar, no tan potente como para bailar; por el otro, hacía de antesala del infierno: un rejunte de lobos perdidos terminaba ahí, mandibuleando y con las pupilas dilatadas, tomando indistintamente merca, MDMA o anfetas, y el pucho y los porros viciaban uno de los setenta metros cuadrados más curtidos del Raval.

Yo estaba sobria. O casi sobria, teniendo en cuenta la birra y los porros, pero al lado de los muñequitos que estaban en el garito, estaba fresca como una lechuga. Además, si bien no había dejado que me arruinara la noche, el robo del celular me había apagado un poco.

 

II

Después de pasar largo rato con Rafael, estuve hablando con Pedro, un amigo de Hernán y Valito que había conocido hacía unas semanas y con el que cada vez me sentía más a gusto. Pedro era tímido, observador, ácido y tenía cara de nene bueno. Mientras charlábamos, dos amigas de su trabajo llegaron al garito. A una de ellas, Raquel, la había conocido diez días antes y me había quedado claro, por cómo me había mirado, que le gustaba Pedro. Por eso, cuando Raquel y otra piba llegaron, me alejé para darles espacio.    

Raquel y Maia eran de Galicia, pero vivían en Barcelona. Enseguida se acomodaron junto a Pedro y Hernán. Yo me senté a seis o siete metros, casualmente al lado de Rafael, y aproveché para descansar. Ya eran las tres y media de la mañana y desde las cuatro de la tarde que no paraba.

Aún con la música de fondo y la cantidad de gente que había en el garito, las voces de Raquel y Maia sonaban como un chillido estridente que llegaba hasta mí como si estuviera al lado de ellas. Rafael me miraba y sonreía sin razón. Era su manera de coquetear.

Unos minutos después, llegó Sonia, una amiga de Hernán y Valito, y se sentó a mi derecha. Sonia era una amazonas. Alta, llena de curvas, con el pelo largo y enmarañado, respiraba sensualidad. Era una de esas mujeres que siempre conseguía lo que quería, al menos en el corto plazo. Me había dicho una vez, hablando de amor, que no le daba miedo no ser correspondida y que, tal vez, por eso se sentía tan confiada en cuestiones amorosas. Tenía novio, pero venía de pelearse con Toia, su primera amante mujer que, al igual que otros, aparentemente, había caído bajo sus hechizos chamánicos y requería de Sonia más de lo que recibía. Sonia me contó la historia con Toia desde el inicio y con detalle, mientras se quejaba del gusto amargo del MDMA que le bajaba por la garganta, porque acababa de inhalar dos líneas grandecitas en el baño. Me habló de la dificultad de comerle el coño (la concha, en España) por primera vez a una mujer, de los dilemas previos y la experiencia a nivel sensorial. Yo la escuchaba atenta, como una alumna tomando notas. Me llamaba la atención que Sonia se refiriera a sí misma como heterosexual, en contraposición a su amante, Toia, la lesbiana. Una vez más, las categorías sexuales me parecían irónicas e inabarcativas: que una mujer que había tenido una relación sexual y amorosa con otra mujer se definiera a sí misma, y con vehemencia, como heterosexual; para mí, ponía en evidencia lo absurdo y encasillante de las etiquetas heteronormativas.

Al rato, me senté junto a Valito, Sonia y Pedro en una esquina, al lado del parlante, en el piso. Unos milisegundos después, Raquel y Maia encontraron a Pedro con la mirada y se incorporaron a la ronda. Cuando Maia habló y Sonia escuchó por primera vez el chillido descontroladamente pasado de decibeles que salió de su boca, no lo podía creer. Me miró, buscando complicidad, cerciorándose de que lo que estaba escuchando era real y no el producto de la agravación de sentidos de la droga. Le hice que sí con los ojos, parpadeando más despacio de lo normal, para asegurarle que yo también había escuchado lo mismo que ella. Sonia no daba crédito. Cada vez que Maia hablaba, me miraba, atónita.

Maia era morocha, bajita, tetona y tenía una sonrisa preciosa. Era una piba atractiva, pero me resultaba imposible verla más allá de su voz. El chillido encubría todo. Encima, su sobreexcitación gritona desentonaba con la rotura despreocupadamente habitual de los lobos del garito. Seguramente, pensé, era la primera vez que Maia y Raquel estaban en un antro de ese tipo, y se notaba. Como si todo eso no fuera suficiente, los comentarios que chillaba su boca no podían ser menos afortunados. Apreciaciones como ¡qué guapa eres!, o ¡mirá qué bonita pareja hacen Hernán y Valito!, ¡son tan dulces!, o ¡me encanta tu blusa!, ¿dónde la has comprado?, interrumpiendo las reflexiones pseudo filosóficas que Sonia intentaba modular, dejaban al descubierto una manera de vincularse con los extraños que, si bien en otros círculos probablemente funcionaba como modo de encare o acercamiento, en este, la hacían parecer exacerbadamente sosa  y superficial.

Sonia me seguía mirando, incrédula, y a medida que pasaban los minutos, los chillidos y los comentarios tontos se iba irritando cada vez más. Lo que en un principio le había parecido cómico, luego de un ratito, le molestaba. A mí, por otro lado, Maia me daba un poco de pena porque, aun en el aturdimiento de su voz, podía notar que lo único que buscaba era socializar. Encajar.

Un pibe se acercó a Sonia y le pidió fuego. En dos segundos, el pibe estaba sentado en la ronda con nosotros, entre Maia y Sonia. Se partía del pedo que tenía, pero atrás de sus párpados semi caídos y su sonrisa desencajada se dejaban ver unas facciones hermosas y unos ojos verdes transparentones. Aprecié su belleza sin acercarme. El pibe estaba fascinado con Sonia y no me interesaba meterme en su micromundo de seducción. Maia, sin embargo, no se dio cuenta de eso o no le importó, e intentaba constantemente meter bocado en la charla del borracho divino y la amazonas drogada. Era lo último que le faltaba a Sonia para querer matar a Maia.

No sé cuál era el tema del que estaban hablando pero, de repente, Maia pegó un chillido más alto de lo normal, y eso que para ella lo normal ya era desmedido. Sonia me miró, sin disimulo alguno, y se rió. Se rió de Maia y su manera de hablar. Yo me quedé estática, sin hacer nada. No solté una risita cómplice, ni siquiera una mirada de entendimiento, pero tampoco reprobé a Sonia. En otra época, probablemente la hubiera rezongado; mi faceta justiciera hubiera tomado protagonismo y habría intentado hacerle entender a Sonia que burlarse de alguien estaba mal, fuese como fuera. Pero todos éramos grandes y ya hacía tiempo que había dejado aquel rol, porque no era ni agradable ni efectivo. No conocía lo suficiente a Sonia y no me pareció que me tocara instruirla. Así que no hice nada. Pero, para mi sorpresa, la aparentemente dócil y banal Maia, sí.

-¿Te estás riendo de mí? -dijo, unas octavitas más abajo de lo habitual. Sonia quedó descolocada.

-No.

-Te estás riendo de mí, tía. Que te he visto.

-Pues no sé qué viste. No me estaba riendo de tí.

-Ah, ¿no? ¿De qué te reías, entonces?

-Me reía con Ceci, de algo entre nosotras -dijo Sonia y me miró, nuevamente, en busca de complicidad. Yo seguía impávida. No me había metido antes y no pensaba meterme. Maia también me miró, buscando una respuesta en mi cara. No encontró nada.

-¿Con Ceci? ¿De qué te reías con ella, entonces? Dímelo.

-Es un código que tenemos entre nosotras.

-¿Un código?

-Sí, un código.

-¿Qué código?

-Pues un código que tenemos.

-¿Cuál es el código?

Sonia buscó rápido en el repertorio de mentiras posibles y contestó:

-Nos miramos y nos reímos cuando hay un tío muy lindo -dijo, refiriéndose al borracho de ojos verdes.

-¿Yo soy el tío muy lindo? -preguntó el borracho, riéndose.

-Sí -dijo Sonia.

Maia no se esperaba esa respuesta y, por más que sabía que no era cierta, frenó con la inquisición. Dos minutos después, hablaba con el borracho de ojos verdes, con Sonia y conmigo como si nada, de vuelta a los chillidos y los comentarios absurdos.

Al rato, me fui. Llegadas las cuatro y media de la mañana, no quería nada de lo que el garito tenía para ofrecerme: ni música tecno, ni alcohol, ni conversaciones desmedidas o rayas en el baño. Caminé por las Ramblas de Cataluña un buen trecho, pensando en la cantidad y la diversidad de gente que uno conocía cuando se mudaba a una ciudad. Pensé en Maia. Sonia no se reía únicamente de su voz, de la forma; también se reía del contenido, de los comentarios huecos, de la pose de niñita en el papel de tonta seductora. Sonia se reía porque veía en Maia la concreción de un estereotipo de mujer artificialmente limitado y sentía que podía anticipar todos sus deseos y aspiraciones; pensaba que podía imaginar con qué tipo de hombre estaría, cómo sería su casa, su trabajo, cuántos hijos tendría y cómo pasaría el resto de su vida en una rutina dividida en lapsos de ocho horas. Rafael no era muy diferente, pensé. Simplemente, tenía a su favor una voz grave y un pene.

Pensé en las Maias y los Rafaeles del mundo. En aquel garito, desentonaban, pero fuera de él, ellos eran lo esperable, lo deseado. ¿De qué se reía Sonia, entonces? Si Maia, al igual que Rafael, simplemente se comportaba como se suponía que debía hacerlo. Si eran extremadamente funcionales, productivos; un éxito de la maquinaria social. Envueltos en humo de porro y cigarrillo, en medio de la podredumbre más abyecta de Barcelona, llegamos a creernos que Maia o Rafael eran los que no encajaban cuando, en realidad, el error, el fallo del sistema, éramos nosotros.

 

Imagen: captura del videoclip “Are you lost in the world like me?”, de Moby and the Void Pacific Choir.

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